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BY ADRIANA HERRERA
ESPECIAL/EL NUEVO HERALD
Timeless, del argentino Hernán Cedola, y Pornorama, del colombiano Gonzalo Fuenmayor, son las exhibiciones individuales con las que Dot Fiftyone Gallery


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Cedola y Fuenmayor: nuevos horizontes del arte emergente Latinoamericano

Publicado el domingo 07 de junio del 2009
Cedola y Fuenmayor: nuevos horizontes del arte emergente

By ADRIANA HERRERA

Timeless, del argentino Hernán Cedola, y Pornorama, del colombiano Gonzalo Fuenmayor, son las exhibiciones individuales con las que Dot Fiftyone Gallery descubre a la ciudad los proyectos de estos artistas, nacidos ambos en 1977, que tienen la cualidad de señalarnos nuevos horizontes del arte emergente latinoamericano.
En su famoso Museo imaginario, André Malraux no sólo incluía una suerte de archivo de imágenes de la humanidad reproducidas gracias a la fotografía, sino que sugería la posibilidad de usar esta tecnología para alterar la índole de los objetos y transformarlos en obras de arte ficticias gracias al simple cambio de escala, capaz de alterar radicalmente su percepción. En el caso de Timeless, la instalación de Cedola que se toma la primera planta de la galería, el espectador se enfrenta a objetos como lápices de colores, la inolvidable viruta de madera con los bordes coloreados que queda al afilarlos, o sus puntas partidas, que de inmediato lo conectan a la experiencia conocida de los primeros dibujos de la infancia; pero que, al tiempo, por sus dimensiones enormes, lo abocan a lo inesperado. El tipo de deslizamientos de la percepción que crea el arte al representar de tal modo lo familiar que provoca un extrañamiento: la experiencia de ver lo conocido como algo recién revelado.

No es azar que Cedola incluya un lápiz con el gesto típico de los niños que raspan un lado en la parte superior de sus colores para marcarlos con su propio nombre. Esa actitud que refiere a la relación inicial de posesión de estos instrumentos de dibujo con los que por primera vez intentamos representar el mundo (y apropiarnos de éste, pintándolo) conecta a los espectadores con nuestra memoria de la entrada en el universo de las imágenes. En ese sentido, a partir de la construcción a gran escala de simples lápices de colores, Cedola logra unificar dos tendencias de exploración opuestas en la historia del arte: la intención conceptual de la obra que reflexiona sobre la índole misma del arte, sobre el problema de la representatividad; y la rúbrica expresionista que vincula una pieza al poder de contener y suscitar emociones y evocaciones personales. Así, vuelve arte el objeto más elemental para crearlo. El instrumento se convierte en la obra. Pero a la vez, ésta logra conmover.

La reacción de los espectadores es prueba de ambas cosas. Algunos coleccionistas han adquirido lápices blancos recordando que eran los que nunca se gastaban, o dorados, porque eran los que más se cuidaban, o colores determinados referidos a asociaciones que están en la esfera de los recuerdos intimistas. No deja de sorprender el poder que Timeless tiene de remover estratos de la consciencia ya olvidados la suma de los lápices que afilamos, de las minas que partimos, de las hojas que rayamos junto con el retorno a la fascinación inicial de cada ser humano ante la posibilidad misma de la representación, que Cedola rescata para el arte contemporáneo.

En el segundo piso se exhibe Pornorama, una obra en la que Fuenmayor, nacido en la ciudad que es el centro cultural del Caribe colombiano, Barranquilla, pero formado como artista en los Estados Unidos, recurre al banano para indagar en la naturaleza de una identidad que se busca desde el vacío, desde la distancia. Esta fruta es símbolo inequívoco de la explotación histórica, sobre todo desde que García Márquez convirtió en mítica la masacre de las bananeras de 1928 y grabó en la memoria colectiva la imagen de los trenes que ya no transportaban bananos con destino a los puertos, sino cadáveres. Pero para Fuenmayor, cuyo abuelo trabajó en la United Fruit, y no recordaba ningún episodio similar, y que creció oyendo versiones más pálidas o más tenebrosas de un hecho que no presenció, el banano tiene la función de un ancla hacia una memoria de la violencia que ya no pertenece a su generación y mucho menos a su vida en la diáspora. Esa distancia es justamente lo que torna interesante un trabajo que es consciente de su carácter exótico, de su artificio. No se trata de una obra política que conecta explotación y pornografía desde la denuncia. Si recurre a las asociaciones culturales e históricas que rodean el banano en su región --lo fálico y lo violento-- es para usarlas en una travesía artística que realiza con referencias muy contemporáneas. El uso de los bananos reales es ''una oda a Félix González Torres'', a sus caramelos. E igualmente evoca la movilidad de Tom Fiedman con las esculturas de espaguetis, o las tarántulas con su propio cabello. Aquí, lo casi pútrido que transforma en alimento --cuando los bananos se negreaban hacía muffins con éstos para los espectadores-- es una alusión a una obra de arte que es memoria no de lo vivido, sino de lo no vivido, y que no obstante nutre su propio tema. Pero tiene el humor de devorarse a sí misma. A su vez, el espectador se come el producto final del arte.

Los dibujos en capas sobre Mylar están llenos de alusiones iconográficas --desde las figuras publicitarias del banano, hasta ciertos trazos de Roberto Matta, o la técnica de múltiples niveles translúcidos de Julie Mehretu-- y crean una atmósfera acuosa, sumergida, semejante a la del inconsciente del artista que traza los signos ambiguos de su propia identidad. Las intervenciones en los bananos reales son dibujos victorianos --asociados al carácter remoto del tiempo que se evoca-- que surgen aprovechando la oxidación natural del banano. Las fotografías poco antes de que se destruyan. Y juega con la manida carga sexual de la representación de la fruta con una visión clara: ''La pornografía, como todo acto repetitivo, pierde eficacia. Lo mismo ocurre con la repetitividad histórica. Uno termina conviviendo con esa experiencia sin darse cuenta'', dice. En cierto modo, su instalación --con ese trabajo contradictorio de inmortalización de imágenes y putrefacción del objeto-- se opone a la banalización de la memoria histórica. Frente a la masacre de las bananeras convertida en un relato de fondo lleno de versiones dispares repetidas ad infinitum hay un gesto artístico de exorcismo. Y, en el vacío de lo que debió conformar su identidad, pero que se ha diluido en el tiempo, se instaura un lenguaje contemporáneo capaz de abocarse de otro modo a ese dilema.•

'Timeless' de Hernán Cedola y 'Pornorama' de Gonzalo Fuenmayor en DOT Fiftyone Gallery. Hasta el 30 de junio. 51 NW 36 St. (305) 573-9994.

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